viajandoaÍtaca

Un ventana abierta al vasto mar, el cuál navegó Odiseo, un viaje interminable hacia Ítaca, un hogar que no es solo un lugar, sino un estado del ser.

Navegando en aguas profundas, aquí reposan algunos cofres oxidados que voy recogiendo en mi travesía.

Quién sabe si algún día, al final de este camino, lograré atracar mi nave en la almohada de Ítaca.

Una vez más…

Hoy me encuentro otra vez en batalla,
con mi contendiente más audaz.
Siempre al acecho, siempre presente,
camuflado entre la maleza
que crece en el camino
que abro paso a paso
en el devenir de la vida.

Permanece allí, observándome,
esperando el momento exacto
para lanzarse con precisión.
A veces lo enfrento y conversamos,
otras apenas nos rozamos piel,
pero nunca se aleja del todo:
me sigue, me conoce, me intuye,
como si habitara dentro de mis pasos.

Hemos librado guerras poderosas,
dejando heridas que aún respiran.
Cicatrices que se abren
cada vez que intento aventurarme a la vida,,
cada vez que olvido,
cada vez que creo haber vencido.
Y él vuelve,
hunde su espada justo allí,
en el mismo sitio donde antes dolió,
en el amor roto,
en la ausencia que aún arde.

Hoy estoy otra vez frente a él,
sin armadura, sin escudos,
mirándolo a los ojos,
cansado de la guerra.
No quiero ganarle,
ni salir ileso, es inevitable:
quiero rendirme,
entregarle el corazón,
dejar que me atraviese,
que esta vez me transforme.

Y al final, cuando el filo me toca,
cuando el silencio nos une,
ver sin velos su rostro:
mi contendiente soy yo.